3 1Después de la muerte de Matatías, quedó como jefe su hijo Judas Macabeo. 2Sus hermanos y todos los que habían apoyado a su padre se pusieron bajo sus órdenes. Todos decidieron seguir luchando por el pueblo de Israel.   3«Judas hizo famoso a su pueblo. Como todo buen guerrero, se puso la armadura de hierro y se preparó para la batalla. ¡Con valentía dirigió a su ejército!   4»Cuando atacaba a sus enemigos era como un león tras la presa; 5los perseguía hasta el último rincón, y quemaba a los enemigos del pueblo de Israel.   6»Judas Macabeo dio libertad a su pueblo, y llenó de miedo y confusión a los judíos traidores que hicieron pecar a los demás.   7»Muchos reyes temblaron ante él, pero su pueblo se alegró con sus victorias. Por todo lo que hizo será recordado para siempre.   8»Para evitar que Dios castigara a Israel, Judas recorrió las ciudades de Judea y mató a los que no adoraban a Dios.   9»Judas llegó a ser muy famoso en toda la tierra, porque pudo reunir a un pueblo que estaba a punto de ser destruido». Judas vence a Apolonio 10Un hombre llamado Apolonio reunió un gran ejército formado por soldados de Samaria y de otras naciones, para pelear contra Israel. 11Cuando Judas se enteró, fue a pelear contra Apolonio, lo venció y lo mató. Muchos soldados enemigos murieron en esa batalla, pero algunos lograron escapar. 12Los israelitas se apoderaban de las armas y demás utensilios que habían dejado los enemigos. Judas se quedó con la espada de Apolonio, y desde entonces ésa fue su arma preferida. Judas vence a Serón 13El jefe del ejército de Siria, llamado Serón, supo que Judas tenía un ejército de judíos fieles, listos para pelear. 14Entonces pensó: «Ésta es la oportunidad de mi vida para hacerme famoso y ser el hombre más importante del reino. Voy a pelear contra Judas y su ejército, porque se han puesto en contra de mi rey». 15Muchos israelitas traidores se unieron a Serón, pues querían vengarse de Judas y su ejército. 16Cuando Serón llegó a la cuesta de Bet-horón, Judas salió a pelear contra él con muy pocos soldados. 17Pero cuando éstos vieron que el ejército de Serón era muy grande, le dijeron a Judas:   —Nosotros somos muy pocos. ¿Cómo podremos pelear contra un ejército tan fuerte y tan grande? Para colmo, estamos sin fuerzas, pues no hemos comido nada desde ayer.   18Judas les respondió:   —Dios puede hacer que un ejército pequeño derrote a un gran ejército. Para derrotar a los enemigos, a Dios le da lo mismo usar un ejército grande o uno pequeño. 19Lo importante no es tener muchos soldados, sino contar con la ayuda poderosa de Dios. 20Nuestros enemigos son tan crueles y orgullosos que por eso pelean contra nosotros. Vienen decididos a matarnos y a robar todo lo que tenemos. Quieren matar también a nuestras mujeres y a nuestros hijos. 21Pero nosotros peleamos por salvar nuestras vidas y por defender las leyes que Dios nos dio. 22Así que no tengan miedo, pues pronto verán cómo Dios destruirá a nuestros enemigos.   23Apenas terminó de decir estas palabras, Judas se lanzó al ataque, y derrotó a Serón y a su ejército. 24Los israelitas los persiguieron por toda la cuesta de Bet-horón hasta llegar al valle. Ese día mataron a ochocientos soldados enemigos, y los que huyeron fueron a refugiarse en el país de los filisteos. 25A causa de esta victoria, todos los habitantes de las naciones vecinas sintieron mucho miedo de Judas y de sus hermanos. 26Judas se hizo muy famoso, pues en las otras naciones no se hablaba de otra cosa más que de sus victorias. ¡Hasta el rey Antíoco se enteró de sus triunfos! El rey Antíoco declara la guerra 27El rey Antíoco se enojó muchísimo por los triunfos de Judas Macabeo. Como Antíoco tenía un ejército muy grande y poderoso, ordenó que se reunieran todas las fuerzas militares de su imperio. 28Sacó de sus tesoros el dinero para pagarles a los soldados el salario de todo un año, y les ordenó que estuvieran listos para salir a pelear en cualquier momento. 29Pero entonces vio que ya no le quedaba más dinero, y que habían disminuido los impuestos que le pagaban las provincias. Esto había sucedido a causa de las peleas y miseria que el mismo rey había provocado, pues había obligado a la gente a abandonar sus costumbres y leyes antiguas. 30Antíoco acostumbraba gastar mucho y dar regalos costosos; por eso le dio miedo quedarse sin dinero, como ya le había pasado antes. 31Para resolver este problema, decidió ir a Persia a cobrar los impuestos de esos lugares, y reunir una gran cantidad de dinero. 32Antes de partir, el rey dejó a un hombre de la familia real a cargo de todos los asuntos del reino, el cual se extendía desde el río Éufrates hasta Egipto. Ese hombre se llamaba Lisias, y era muy importante. 33El rey le pidió que cuidara a su hijo, que también se llamaba Antíoco, 343534-35y le dejó la mitad de su ejército y los elefantes. Además, le dio instrucciones sobre todo lo que debía hacer, especialmente con Judea y Jerusalén. Le ordenó que enviara un ejército a Jerusalén, para matar a todos los israelitas rebeldes y acabar con lo que aún quedara de la ciudad. La orden era matarlos a todos, de modo que no quedara ni siquiera su recuerdo. 36Una vez logrado esto, debía poblar con extranjeros la tierra de Israel. 37Cuando los griegos cumplieron ciento cuarenta y siete años de gobernar desde Siria, el rey Antíoco tomó la otra mitad del ejército y salió de la ciudad de Antioquía, que era la capital de su imperio. Cruzó el río Éufrates y recorrió los países del norte. La invasión de Judea 38Para cumplir la orden del rey, Lisias escogió a Tolomeo hijo de Dorimeno, y también a Nicanor y a Gorgias. Éstos eran hombres muy importantes, pues formaban parte del grupo de los amigos del rey. 39Con ellos, Lisias mandó un ejército de cuarenta mil soldados de infantería y siete mil de caballería. Les ordenó que fueran a la provincia de Judea y la destruyeran. 40Y ellos fueron con el ejército hasta la llanura que está cerca del pueblo de Emaús, y acamparon allí. 41A este ejército se le unieron tropas sirias y filisteas. Además, cuando los traficantes de esclavos de aquella región se enteraron de la llegada de ese ejército, tomaron cadenas y mucho dinero, y fueron al campamento para comprar como esclavos a los posibles prisioneros israelitas. 42Judas y sus hermanos se dieron cuenta del peligro en que se encontraban, pues ya el ejército enemigo había colocado su campamento dentro del país. También supieron que el rey había mandado destruir por completo a la nación. 43A pesar de todo, se animaron unos a otros con estas palabras: «¡Vamos a luchar por nuestro país y por el templo! ¡Libremos a nuestro pueblo de sus sufrimientos!» 44Entonces todo el pueblo se preparó para salir a pelear, y le pidieron a Dios que tuviera misericordia y compasión de ellos, y decían:   45«No hay gente en Jerusalén, la ciudad parece un desierto; nadie entra ni sale por sus portones. Le han faltado el respeto al templo; sólo extranjeros viven en la ciudad. Ahora Jerusalén está habitada por gente que no cree en Dios. Israel ha perdido su alegría y ya no hay música en sus calles». Judas pide ayuda a Dios 46Los israelitas se reunieron para orar en el pueblo de Mispá, que está cerca de la ciudad de Jerusalén. Mucho tiempo antes, Mispá había sido un lugar de oración para los israelitas. 47Ese día no comieron nada, y para mostrar su tristeza rompieron sus ropas, se echaron ceniza sobre la cabeza y se pusieron ropas ásperas. 48Los de otras naciones acostumbran pedir a sus ídolos que los guíen, pero los israelitas leyeron el libro de la ley, para que Dios les enseñara lo que debían hacer. 49También trajeron la ropa de los sacerdotes, los primeros frutos de la cosecha y la décima parte de sus ganancias, y llamaron a los nazireos[B] que ya habían cumplido los días de su consagración a Dios. 50Luego dijeron a Dios en oración:   «Dios nuestro, ¿qué vamos a hacer con esta gente? ¿A dónde los llevaremos para que presenten sus ofrendas? 51¡Tus enemigos no han respetado tu templo, y hasta lo han pisoteado! ¡Tus sacerdotes están tristes y han sido humillados! 52¡Tú sabes que nuestros enemigos quieren quitarnos la vida! 53¡Sin tu ayuda no podremos enfrentarlos!»   54Al terminar esta oración, tocaron las trompetas y todos gritaron con mucha fuerza. 55Después, Judas Macabeo eligió de entre el pueblo a los que serían jefes del ejército. 56Y cumpliendo lo que manda la ley de Dios, envió de regreso a sus hogares a los que estaban construyendo sus casas, a los recién casados y a los que estaban sembrando sus campos. También mandó de vuelta a los que tenían miedo de combatir. 57Luego, Judas y su ejército comenzaron a marchar y acamparon al sur de Emaús. 58Allí, Judas animó a sus soldados con estas palabras:   «¡Sean valientes, no se asusten y prepárense para pelear! Los enemigos de Dios quieren destruir nuestro santuario y matarnos a todos, pero mañana muy temprano saldremos a luchar contra ellos. 59Es mejor morir en batalla que ver el sufrimiento de nuestro pueblo y la destrucción de nuestro templo. 60¡Que Dios haga con nosotros lo que mejor le parezca!»  
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