IV. LOS DOS REINOS HASTA LOS TIEMPOS DE ELÍAS Un profeta de Judá reprende a Jeroboam 13 1Cuando Jeroboam estaba quemando incienso sobre el altar, llegó a Betel un profeta de Judá mandado por el Señor. 2Y por orden del Señor habló con fuerte voz contra el altar, diciendo: «Altar, altar: El Señor ha dicho: “De la dinastía de David nacerá un niño, que se llamará Josías y que sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los santuarios en lugares altos que sobre ti queman incienso; y sobre ti quemarán huesos humanos.”» 3Aquel mismo día, el profeta dio una señal prodigiosa. Dijo: «Ésta es la señal prodigiosa que el Señor ha anunciado: El altar se hará pedazos y la ceniza que hay sobre él se esparcirá.» 4Cuando el rey Jeroboam escuchó la sentencia que el profeta había pronunciado contra el altar de Betel, extendió su mano desde el altar y dijo: «¡Aprésenlo!» Pero la mano que había extendido para señalarlo se le quedó tiesa y no pudo ya moverla. 5En aquel momento el altar se hizo pedazos y las cenizas que había sobre él se esparcieron, conforme a la señal que el profeta había dado por orden del Señor. 6Entonces el rey, dirigiéndose al profeta, dijo: —Te ruego que ores por mí al Señor tu Dios, para que mi mano se cure. El profeta rogó al Señor, y la mano del rey quedó sana, como antes. 7Luego dijo el rey al profeta: —Ven conmigo a mi casa, para que comas algo, y te haré un regalo. 8Pero el profeta respondió al rey: —Aunque me des la mitad de tu palacio, no iré contigo, ni comeré pan ni beberé agua en este lugar; 9porque así me lo ha ordenado el Señor. Me dijo: “No comas pan, ni bebas agua, ni vuelvas por el mismo camino por el que has ido.” 10Y el profeta se fue por otro camino distinto, para no volver por el mismo camino por el que había ido a Betel. 11En aquel tiempo vivía en Betel un profeta anciano, cuyos hijos fueron y le contaron todo lo que el profeta de Judá había hecho aquel día en Betel; y también le contaron a su padre lo que había dicho el rey. 12Y su padre les preguntó: —¿Por qué camino se fue? Sus hijos le indicaron el camino por el que había regresado el profeta de Judá. 13Entonces les dijo a sus hijos: —Aparéjenme el asno. Ellos lo hicieron así, y el profeta montó y 14salió tras el profeta de Judá. Lo encontró sentado debajo de una encina, y le preguntó: —¿Eres tú el profeta que ha venido de Judá? —Yo soy —le respondió. 15—Ven a mi casa, a comer pan conmigo —dijo el profeta anciano. 16Pero el profeta de Judá le contestó: —No puedo acompañarte, ni entrar en tu casa, ni comer pan ni beber agua contigo en este lugar; 17porque el Señor me ha ordenado claramente: “No comas pan ni bebas agua aquí, ni regreses por el mismo camino por el que te fuiste.” 18Pero el anciano insistió: —Yo también soy profeta, lo mismo que tú, y un ángel de parte del Señor me ha ordenado que te lleve a mi casa y te dé de comer y de beber. Y aunque el anciano le mentía, 19el profeta de Judá se fue con él y comió y bebió en su casa. 20Y estando ellos sentados a la mesa, el Señor habló al profeta anciano que había hecho volver al profeta de Judá, 21y en voz alta dijo el anciano a éste: —El Señor ha dicho que por haber tú desobedecido las órdenes que te dio, 22pues te volviste para comer y beber donde el Señor te ordenó que no lo hicieras, no reposará tu cuerpo en el sepulcro de tus antepasados. 23Cuando el profeta de Judá acabó de comer y beber, el profeta anciano le aparejó el asno, 24y el profeta de Judá se fue. Pero en el camino le salió al encuentro un león y lo mató, y su cuerpo quedó tirado en el camino. El asno y el león, sin embargo, se quedaron junto al cadáver. 25En eso pasaron unos hombres y vieron el cadáver tirado en el camino, y que el león estaba todavía junto a él. Y cuando llegaron a la ciudad donde vivía el profeta anciano, contaron lo que habían visto. 26Al saberlo, el profeta anciano que había hecho volver al otro, exclamó: «Ése es el profeta que desobedeció la orden del Señor. Por eso el Señor lo ha entregado a un león, que lo ha despedazado y matado, conforme a lo que el Señor le dijo.» 27En seguida pidió a sus hijos que le aparejaran un asno, y ellos lo hicieron así. 28Entonces el profeta anciano se fue y encontró el cadáver tirado en el camino y, junto a él, al asno y al león. El león no había devorado el cadáver ni despedazado al asno. 29Entonces el profeta anciano levantó el cuerpo del profeta de Judá, lo echó sobre el asno y volvió con él a su ciudad, para hacerle duelo y enterrarlo. 30Lo enterró en su propio sepulcro, y lloró por él, diciendo: «¡Ay, hermano mío!» 31Después de enterrarlo, dijo a sus hijos: —Cuando yo muera, entiérrenme en el mismo sepulcro en que he enterrado a este hombre de Dios. Pongan mis restos junto a los suyos, 32porque sin duda se cumplirá lo que él anunció por orden del Señor contra el altar de Betel y contra todos los santuarios en lugares altos que hay en las ciudades de Samaria. 33A pesar de esto, Jeroboam no abandonó su mala conducta, sino que volvió a nombrar sacerdotes de entre el pueblo para los santuarios en lugares altos. A quien así lo deseaba, Jeroboam lo consagraba sacerdote de tales santuarios. 34Tal proceder fue la causa de que la descendencia de Jeroboam pecara, y que, por lo mismo, fuera exterminada por completo.  
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